lunes, 6 de febrero de 2012

La negritud

Imagen del blog, Shakespeare politics and Italy.



Una de las actividades más entretenidas es la que consiste en seguir la pista de  las novelas escritas por autores muertos en la flor de su éxito comercial. Como por arte de magia, en cuanto  el escritor pasa a la categoría de difunto, sus deudos y editores descubren que tenía escrita una o varias novelas, diarios, reflexiones y etcétera, a punto para ser publicarse cuanto antes.  Por ejemplo, el autor de best sellers Robert Ludlum: su producción novelística es superior ahora que ha pasado a mejor vida, que antes, cuando era mortal.

Otra diversión inocente es la de adivinar qué escritores célebres tienen negros. Quienes se dedican a escribir a destajo en el nombre de otros,  son personas  que se caracteriza por su humildad y por dominar el arte de las evasivas. Es necesario que posean astucia e imaginación -ésta última, imprescindible- para eliminar la sospecha cuando familia y  conocidos se interesan por su fuente de ingresos.         




Uno de los escritores millonarios y de más éxito editorial es el famoso Tom Clancy,  reconocida marca comercial que recauda cantidades astronómicas por sus novelas y  las adaptaciones cinematográficas de las mismas.  Reconoce la editorial y él propio  Clancy, que dispone de un equipo de colaboradores para montar la historia, recopilar datos, escribir capítulos y ensamblar la trama. De la supervisión del trabajo   se encarga el escritor y  la editorial. Todo funciona como una perfecta cadena de producción.
 
El universo de los negros no se reduce a la literatura, también en las artes plásticas y  en la investigación científica se produce el mismo fenómeno, que se concreta en la voluntad de seguir haciendo caja cuando la inspiración, la enfermedad, la muerte o la pereza, ha dejado fuera de juego al famoso. No es nada nuevo.  Ser  negro mediante contrato laboral  no causa más molestias que cualquier otro trabajo asalariado,  pero  si  la relación laboral es para crear, inventar, descubrir  y tu obra acaba con el nombre de otros, entonces al explotado con tan malas artes le sale un sarpullido rebelde e incurable.

Un  caso celebre de usurpación de la creatividad y el esfuerzo es el que sufrió el  científico Nikola Tesla.   Acaba de publicarse una biografía escrita por Jean Echenoz, no la he leído pero sin duda recogerá la desgraciada relación de Nikola Tesla con sus empleadores. 
 
Desde Edison a Westinghouse y Marconi, todos ellos, se aprovecharon de la genialidad de este científico a quien no sólo le arrebataron la autoría y las ganancias de sus inventos, sino que sufrió todo tipo de difamaciones y falsedades sobre su persona y actividades.


Hace seis años leí un artículo sobre este genial inventor, que por aquel  entonces no conocía.  Busqué todo lo que había publicado sobre él, y hay mucho, incluso existe una Instituto-fundación  Tesla en Nueva York,  ciudad donde vivió desde que abandonó  Serbia,  lugar de su nacimiento.


La vida de Tesla es apasionante, está plagada de sucesos raros, incluso  su  propia muerte tiene todos los ingredientes para barruntar  que sus inventos alcanzan una trascendencia  que supera  los límites de la ciencia clásica. Cuando murió, agentes del FBI entraron en la habitación del hotel donde residía para llevarse todos los papeles. Esta información la encontré en las biografías, relatada por una sobrina que dijo  haber encontrado la habitación limpia. Sin embargo, en la página oficial del FBI niegan, con bastante ironía, por cierto, que existan esos archivos. Todo lo anterior contribuye a que exista una variopinta lista de teorías conspiradoras basadas en las invenciones secretas, ocultas al público por la susodicha y distinguida agencia federal de investigación.   

En 1976 se subastaron tres cajas con papeles de Tesla que fueron adjudicadas por veinticinco dólares. El nuevo propietario se llevó el lote sin saber que pertenecían al científico, o sí lo sabía pero le importaba un rábano, porque el buen hombre las apiló en un rincón y se olvido de ellas.  Unos años más tarde denunció  que tres hombres, vestidos de negro, precisó a la policía,  entraron por la fuerza en su casa  para robarle las cajas. 

Otro misterio sin resolver,  porque  en qué cabeza cabe que alguien puje para llevarse un lote y luego lo olvide sin que le pique la curiosidad por saber qué hay escrito en los centenares de páginas sueltas y varios cuadernos. Los ladrones iban vestidos de negro y se llevaron las cajas, como si fueran de la funeraria.
En fin, alguien miente: el FBI, el adjudicatario o la sobrina. Quizás los tres. Me gustaría saber si los hombres vestidos de negro, trataron con respeto los papeles póstumos de Nikola Tesla.      

      

domingo, 29 de enero de 2012

Tarde de domingo



William Orpe, Self-portrait, 1910. The Metropolitan Museum of art.
 

Hace unas semanas, un suplemento literario publicó un artículo sobre un autor misterioso: Trevanian. Tengo los tres libros que se publicaron  en España, La sanción del Eiger -se hizo una película con Clint Eastwood de protagonista- La sanción del Loo y Shibumi.  Durante un tiempo, un mes más o menos, leí a Trevanian y Dorothy L. Sayers, mientras en el tocadiscos sonaba  Breakfast in America de Supertramp, que entonces me gustaba mucho y ahora no tanto.     

Los dos escritores, tan distintos, tenían como protagonistas a  individuos  cultos y sibaritas, en especial Jonathan Hemlock, profesor de arte, que mata por encargo, vive en una iglesia rodeado de pinturas de grandes artistas  y es el tipo  duro  que se las sabe todas; en cambio, Dorothy L. Sayers, tiene a Lord Peter Wimsey, cuyos recursos intelectuales y astucia  son más que suficientes para descubrir al asesino. No mata ni se le ocurre usar la violencia física, en todo caso, algún empujón y sólo para zafarse de perseguidores y en legítima defensa.  

He vuelto a Trevanian, y  he tenido que dejar el libro al cabo de pocas páginas, por aburrimiento. 


Dorothy L. Sayers sigue magnífica  e indestructible, y su personaje,  Lord Wimsey, tampoco  decepciona.  En la novela,  El misterio de Bellona Club,  el detective que lo es por ayudar a los amigos  y sin ánimo de lucro, está leyendo un ejemplar del siglo XIV, de Justiniano, que le produce un placer muy especial.  Así que tenemos  a un hombre que disfruta leyendo la compilación de Derecho Romano, y eso no es todo, cuando  le interrumpe el mayordomo  para informarle de una visita que le priva de tan agradable lectura, musita: ¡Diantre!

La escritora británica publicó su primer novela en 1923, el Londres de la época,  las costumbres y usos sociales han desaparecido, pero Lord Wimsey nos trae noticias de la sociedad,  la de antes y la de ahora, con toda la carga de hipocresía y mezquindades; también generosidad y una comicidad basada en las incongruencias  del comportamiento humano, que nunca pasa de moda y que la escritora supo  analizar con delicadeza sin despreciar la sorna.

Mi intención hoy era escribir de Machado de Assís y de su novela Memorias Póstumas de Brás Cubas, pero se me ha ocurrido poner a Supertramp en Spotify -en un ataque  de nostalgia dominguera- y  ya se sabe que la evocación de tiempos pasados es traicionera.  
De la mano de  It's raining again,  me he desviado de mi propósito y ahora  ya es tarde. Sólo diré que el escritor brasileño del siglo XIX, Machado de Assís,  concibe en estas Memorias Póstumas  un retablo moral, irónico y bien hilvanado. Es la crónica de un muerto que se empeña en contarnos sus inventos y andanzas mientras reflexiona sobre la teoría filosófica de un  loco.
              

        

sábado, 21 de enero de 2012

Cultura sin permiso.

Imagen de 1910, propaganda de un teléfono sin hilos. Paleofutureblog.


El escritor llega a algo a costa de estudios interminables que representan un capital de tiempo o de dinero; el tiempo vale dinero, lo genera. Su saber es pues una cosa antes de ser una fórmula, su drama es una experiencia costosa antes de ser una emoción pública. Sus creaciones son un tesoro, el más grande de todos; produce sin cesar, trae consigo disfrutes y pone en marcha capitales y fábricas. De esto no se sabe nada. Nuestro país, que vela con escrupulosa atención por las máquinas, por los granos, la seda, el algodón... no tiene oídos, no tiene ojos, no tiene manos, en cambio, cuando se trata de sus tesoros intelectuales. Señores, nuestra desheredación es infame; pero no crean ustedes que éste sea el peor de los males del pensamiento.

No pedimos socorro ni protección, no tendemos la mano. Suplicamos que se iguale el pensamiento a las mercancías; no amenazamos, suplicamos que no se nos despoje.

 
Honoré de Balzac publicó en noviembre de 1834 una carta dirigida a los escritores, el fragmento anterior pertenece a ella. El plagio,  las copias, el mercadeo con creaciones de otros sin que les sea reconocido el mérito, ni  pagado el trabajo a los artistas  significa el final de una cultura libre. 


Que existan webs en los que se intercambian archivos, que el tráfico de ideas  no se interrumpa y que la información viaje a toda velocidad a la disposición de cualquiera que tenga conexión  es una Revolución  con mayúscula, como nunca antes se ha conocido. ¿Hay que limitar una tecnología con leyes que penalizan esta gran ola de conocimiento y creación en manos de la gente?  

La respuesta es  no. Otra cosa es que  no hay  mercado en el que los bienes sean libres y gratuitos,  internet ha de someterse a unas reglas internacionales que garanticen la protección de los derechos de  propiedad intelectual  de creadores e innovadores, esa es la base para que pueda seguir floreciendo  esa nueva clase emergente creativa, en palabras de Richard Florida, que nace con internet y que se está convirtiendo en una cultura muy poderosa.    

La leyes que protegen contra la piratería, como el caso de SOPA y PIPA, son el intento a la desesperada de las grandes corporaciones de la industria  de distribución de contenidos  que ven en internet un territorio ignoto y amenazador, un dominio público para compartir y crear.  




Lawrence Lessing, en su libro Cultura Libre, explica  que en 1945 se produjo un  conflicto que acabó en los tribunales con una sentencia famosa. Venía  a cuento de la aviación que empezaba a tener un gran desarrollo. Granjeros de Carolina del norte con tierras cercanas al aeropuerto, veían  morir sus pollos al paso de los aviones de combate. Se presentó demanda contra el gobierno por invasión de la propiedad- el cielo sobre sus granjas-y el consiguiente perjuicio económico. 

El fallo del juez fue el siguiente:  el sentido común se rebela ante esa idea de propiedad de los cielos, por más derecho consuetudinario  que sea, las leyes han de ajustarse a las tecnologías de su tiempo.  




domingo, 8 de enero de 2012

Siberia

Autumm day, Sokolniki 1879.  Isaac Levitan


Siberia. Dieciséis mil kilómetros de punta a punta, desde Yakaterimburg hasta el mar de Ojotsk. Colin Thubron recorrió esa distancia  en su mayor parte en ferrocarril. Atravesó  Siberia  durante los años finales del imperio soviético.  En su libro En Siberia, cuenta que en algunas aldeas habló con viejos que no distinguían  el régimen zarista, la  Revolución y la Perestroika. En esas tierras se decía que el Zar queda muy lejos y Dios está muy alto,  quizás era una manera de que el forastero, noble ruso o camarada del partido, entendiera que el territorio estaba libre de esclavitud y de cualquier tipo de servidumbre externa. Un salvaje este, un lugar peligroso, una tierra marcada por la ley física del más fuerte.  El paisaje que describe  Colin Thubron es la pesadilla de un agorafóbico, está habitado por personas que deambulan por inmensas ciudades trazadas con tiralíneas estalinista y mucho, mucho alcohol en vena. 
  
 La Siberia. En Barcelona hay una famosa peletería con ese nombre, en la que jamás he puesto los pies porque los abrigos de pieles me sientan fatal y, de haber tenido dinero  para una marta cibellina o un visón, lo habría gastado en un viaje  a Mélijovo, donde vivió Chéjov en una casa con un jardín donde en primavera florecían los cerezos.  

Princezna. Alphonse Mucha


¡Espérame en Siberia, vida mía!  es una novela de Enrique Jardiel Poncela que leí  en la adolescencia y me dejó  una querencia tal por ese descomunal territorio que, a pesar de la tundra, la taiga, los lobos y  las minas, los borrachos y el fantasma de Rasputín, sería capaz de viajar hasta Novosibirsk en enero  para tomarme un refresco en la plaza del pueblo, e incluso si hubiera algo de luz, leería fragmentos de la novela que trata de amor y es tan  profunda que parece tolstoiana. Para muestra, un botón: 

El secretario continuó la lectura equivocándose más que nunca. Decía: 
 -Y estando acabando la sesión , y siendo yo secretario se me rogó el mes pasado  que...
El presidente le interrumpió:
-¿Qué pone en el acta? ¿Se me rogó o me se rogó? 
-Se me rogó 
-Pues se dice me se.
-Se dice se me.
El presidente le miró de un modo torvo  y pegando con el bote  en el borde del tonel, aulló:
-Se dice me se, bestia. 
Una pausa. El presidente continuó :
-Cuando ibas al café a comer ¿qué pedías entremeses o entresemes?
-Entremeses- contestó el secretario anonadado. 
-¡Pues entonces!   




   

martes, 27 de diciembre de 2011

Año nuevo 2012



Barco de mariposas, Vladimir Kusch.



El 1 de enero inauguraré mi agenda  de tapas plastificadas y con  goma. No es una Moleskine, tan de moda ahora, es una agenda barata que me ha costado 6 euros. Escolar, práctica, con las lunaciones, las equivalencias con el sistema métrico decimal y las distancias kilométricas entre las principales ciudades europeas. No he usado jamás esos apartados tan útiles, pero me gusta que los tenga.  La agenda es de fácil manejo, cabe en casi cualquier bolso porque no mide más de diez centímetros. A principios de año anoto un deseo, en la primera página y a lo largo de los doce meses escribo  de vez en cuando si el deseo se  acerca o aleja  y qué expectativas tiene de cumplirse.  Hasta la fecha no se ha cumplido ningún deseo -hace diez años que inauguré la costumbre- circunstancia que al principio me cabreaba y hoy me parece una suerte enorme. La vida está llena de paradojas. 

G.K  Chesterton  escribió en 1904, el 1 de enero, cuarenta y ocho propuestas para el año  nuevo, conocemos las dos primeras: no escribir sobre el año nuevo y  retirarse a un monasterio para el resto de su vida. Ya de buena mañana del 1 de enero, traicionó la primera y la segunda quedó en agua de borrajas; de las cuarenta y seis restantes no  sabemos nada.   Reflexionaba Chesterton sobre las divisiones arbitrarias del tiempo,  al que imaginaba como una serpiente infinita a la que hay que darle tajos para que nuestros sentidos tengan la oportunidad de percibir la finitud del tiempo humano. Proponía  una campana, un tilín, una alarma que nos avisara cuando estuviéramos en pleno  disfrute de los placeres cotidianos. Una voz que nos dijera: faltan tres minutos  o una hora  para que se acabe lo bueno. 

Detalle de Música para la danza del tiempo de Nicolás Poussin.

¿Sería un sinvivir?  pues quizás al principio, pero luego nos esforzaríamos por exprimir hasta el último instante la oportunidad de disfrutar de un charla con amigos, de un granizado de café en una terraza de verano, de un baño en una cala de Cadaqués o de un paseo por el campo. La puñetera campana tañería para sacarnos del gozo y devolvernos a la vida gris y autómata, pero habríamos ganado consciencia de nuestros actos y de lo bien que lo pasamos tantas veces al día, un bienestar que vuela sin percatarnos y que se mide en segundos o, con mucho optimismo, en  minutos.  



Según el escritor británico, esa simple advertencia del final de lo bueno, nos provocaría un aumento de las ganas de saborear y disfrutar de la vida. En realidad, Chesterton iba un paso por delante, pretendía que fuéramos conscientes de la muerte - un hecho ineludible- para despertar a la vida y empezar de nuevo todas las mañanas. El 1 de enero, por ejemplo, es un buen día para intentarlo.    



           

viernes, 23 de diciembre de 2011

Feliz Navidad

Queridos amigos,  deseo que no os falte el coraje, el amor y  la generosidad  para apartar de vuestra vida  todo lo sombrío y áspero, esta Navidad y los días que le siguen.


Cuando todas las esperanzas
estaban enterradas,
todas las fuentes secas,
todas las preguntas calladas,
todos los fuegos apagados,
entonces, en medio de la noche,
la débil fuerza de una semilla
rompió la costra de la Tierra.
Gloria Fuertes
 

viernes, 16 de diciembre de 2011



Durante años,  las tardes de domingo las pasaba en un cine de barrio de sesión doble, de manera que las criaturas ocupábamos los asientos batientes de madera, con la merienda en una bolsa de tela. Ni refrescos ni botellines de agua, el grifo de los baños nos suministraba líquido potable cuando era necesario. Éramos delgaduchos, casi todos, con alguna excepción que mirábamos  como una rareza y una desgracia. Aunque mi aspecto, alta y muy delgada, también me valió  algunas burlas que no me han dejado ningún trauma, o eso me parece. Durante un tiempo quise ser muy bajita para dejar de ocupar el último lugar de la clase en los desfiles escolares. Luego descubrí que  casi mejor era  quedarme como estaba.


En el cine de mi barrio  no había contemplaciones con la sensibilidad infantil. Un programa habitual era una de risa y otra de miedo o acción,  según criterios muy amplios.  Aún recuerdo un domingo en el que primero vimos  El libro de la selva  y luego nos endilgaron El Conde Drácula,  con un Bela Lugosi que provocó la intervención del acomodador, al que temíamos más que al propio Drácula porque no se conformaba con deslumbrarnos con su linterna, sino que se ayudaba de una corta vara para atizar a quienes expresaban sus emociones a grito pelado saltos y otras habilidades motrices.  Pedagogía de vanguardia porque daba un resultado óptimo. Ese domingo,  regresamos a casa corriendo y por el bordillo de la acera, temerosos de que el vampiro nos saliera al encuentro desde cualquier portal oscuro. 



M.R. James


No me gustan las películas de terror, ni las de acción, ni las escenas de persecuciones ¿Será consecuencia de un trauma? A cambio  me encantan los cuentos de fantasmas escritos por un único autor: M.R. James.  Los relatos son perfectos  mecanismos  de precisión, y lo más sobresaliente es la mesura en el uso de los adjetivos. 

En el cuento El maleficio de las runas, un erudito, especialista en tratados alquímicos que trabaja en el Museo Británico  es víctima de una venganza. El escritor de un infame  libro de brujería pretende que su obra sea publicada,  pero la negativa de la mayor autoridad sobre este tipo de textos -el estudioso del Museo Británico-  le parece intolerable al  autor, que despechado, urde un diabólico plan para acabar con la vida de Mr. Dunning, un  bendito que se pasa el día estudiando manuscritos del Saber oculto.  



La estrategia maligna  se inicia una tarde cuando regresa a casa en el tranvía. Por la noche  Mr. Dunning ha de dormir sólo en casa. Ruidos, puertas que se abren y cierran, luces que se apagan. En fin, lo habitual cuando una presencia quiere llamar la atención.  En la cama busca a tientas fósforos para encender una vela, en vez de eso se encuentra con la cabeza de un ser ominoso ¿y cómo reacciona? pues diciéndose que está pasando una noche lamentable. Mr. Dunning, se refugia en su despacho  para evitar tales inconvenientes  


M.R James (1862-1936)  fue decano del King's College de Cambridge, director de Eton, pero sobre todo un hombre de curiosidad insaciable, experto  en arqueología, filología y otras disciplinas emparentadas. Sus cuentos tienen el aliciente añadido de que escribe sobre lo que conoce y en escenarios familiares. Los 31 relatos que publicó son  como las sesiones doble del cine:  risa y miedo. Si alguien decide leerlo, por favor, que no olvide la linterna. Por si se va la luz.